CAPITULO 8
EL INTERNADO DE RUTHY SIPS
Aquel mismo día la conocí. . . Un día sombrío y triste, y el más difícil de todos los días de mi desempeño como pastora evangélica, porque alcanzaba a impregnar mi alma con desesperación y desesperanza.
Mi madre había sufrido un ataque cerebral, por lo cual era necesario que estuviera todo el tiempo bajo una atención profesional que no podíamos brindarle en casa. Providencialmente conseguimos para ella un cuarto privado en la Clínica Hogar, a dos puertas al frente del cuarto de una joven mujer que algunos años atrás había sufrido de un ataque similar que le había paralizado el lado derecho de su cuerpo y le había privado del habla. En otro momento, no sé si antes o después, su diabetes había avanzado tanto que había sido necesario amputarle la pierna derecha. Ella había sido informada de que ese día llegaría mi mamá para ocupar el cuarto de al lado, y estaba muy ansiosa por aquel encuentro.
Por algúna razón las cosas la tomaron desprevenida y se perdió el momento preciso de dar la bienvenida a mamá apareciendo de repente en la puerta de su cuarto y acompañándonos en su silla de ruedas mientras la enfermera nos daba instrucciones. Pero no pasó mucho y su cabecita se movía erráticamente en el pasadizo. Luego se acercó a la ventana del cuarto de mamá, como intentando dejarse ver y anunciarse para que se le abriera la puerta y le dejaran participar de la fiesta.
* * *
Al día siguiente volví a ver cómo le iba a mi madre, y de algún modo Ruthy se enteró de mi presencia antes de que llegara al pasadizo. También esta vez apareció su cabecita inquieta moviéndose al compás errático de sus esfuerzos por acercar su silla de ruedas a la ventana y a la puerta. Luego se quedó inmóvil por un rato hasta que terminé mi corta visita. Entonces ella, que ya había entablado una estrecha amistad con mi madre el día anterior, intentaba hacer lo mismo también conmigo. Por eso esperó hasta que besé a mi madre y salí de su habitación.
Ruthy estaba ansiosa por mostrarme su nuevo zapato, su único zapato. Después de hacérmelo notar, hizo un ademán para que la siguiera y giró su silla de ruedas para adelantárseme con rapidez.
Hey! Espérame! Le grité, e intenté alcanzarla. Yo no tengo ruedas!
Cuando entré a su cuarto, le encontré detrás de la puerta riéndose porque me había ganado la delantera. Y le dije casi sin aliento:
Me doy cuenta que no debo competir contigo en carreras! Con esas tus ruedas estás en ventaja, y yo detesto perder!
Ella no cesaba de reír, gesticulando con dificultad. Luego pasó a mostrarme su pequeño cuarto, cuyas paredes, ventanas y almohadones estaban decorados con su único motivo favorito: Frutillas. Estaban por todos lados: Aplicadas sobre su abrigo que pendía de un colgador de alambre, bordadas sobre su almohadón, pintadas sobre un cuadro, llenando pequeñas cestas de artesanía sobre el velador. Y una de las paredes estaba destinada a mostrar las fotos de su familia, a quienes jamás pude conocer en las numerosas visitas que hice a la Clínica Hogar.
* * *
Las fotos de la familia estaban distribuidas con buen gusto. Una de ellas, de tono algo marrón, presentaba a dos enfermeras buenasmozas y sonrientes. Ella pareció señalar con su dedo huesudo a la de la derecha. Entonces le pregunto señalándola con mi dedo sobre la foto:
Eres tú, verdad?
Hubo un momento de silencio y deliberación, que yo interrumpí con otra pregunta:
Eres enfermera?
Ella levantó sus hombros y sus labios se curvaron, como intentando articular una frase. Luego expresó con dificultad:
Sips. . . Sips. . .
Luego pasé a mirar la foto de tres niñas pequeñas, que estaba pegada sobre la pared, a poca altura, como para que los dedos de Ruthy alcanzaran a tocarla con frecuencia. Ella se esforzó para acercar su silla de ruedas y con su dedo huesudo se puso a seguir amorosamente el perfil de sus vestidos. Luego pasé a la foto de al lado, donde aparecían dos de las niñas, un poco más creciditas. Y le pregunté:
Son tus hijitas?
Sips. . . Sips. . .
Son adorables! Agregué. Y ella hizo una mueca de asentimiento, y volvió a sumirse en el silencio.
* * *
El verano siguió a la primavera y mis visitas a las dos habitaciones se hicieron más frecuentes. Las puertas de sus cuartos quedaban entreabiertas todo el tiempo que duraba mi visita, porque en todo momento salíamos y entrábamos como si fuera un solo apartamento. A veces yo encontraba a Ruthy abrazada amorosamente de la cabeza de mi mamá, y cuando me veía más preocupada que de costumbre, giraba su silla de ruedas con rapidez, se deslizaba a su cuarto y de algún lugar hacía aparecer una estampita del Sagrado Corazón que llevaba al lugar donde me encontraba esperándola en suspenso. Y se acercaba a mí y con sus dos manitas huesudas la sostenía delante de mis ojos, sin emitir ningún sonido. Y con similar dificultad, mirándola detrás de la estampita, atiné a decirle:
Sí, Ruthy. . . Yo también espero en él. . .
Entonces, ella hacía un ademán para que empezáramos nuestra acostumbrada competencia deportiva: Quién de las dos llegaba primero a la sala del fondo del pasadizo, donde funcionaba el comedor, y donde estaba a la disposición de todos, y de nadie, un viejo piano, si acaso alguno de los internos sentía alguna vez la tentación de hacer descanzar sus dedos huesudos sobre su destartalado teclado. Es que en algún momento, y de alguna manera, Ruthy había descubierto que mi mamá podía a duras penas sacar de aquel armatoste una expresiva melodía, y desde entonces, ella se encargaba de guiar la silla de ruedas de mamá hasta aquel destino celestial.
* * *
Antes de que mamá tuviera aquel ataque cerebral, podía tocar bien el piano, con las dos manos y con la partitura a la vista. Ella había estudiado música, y aunque en más de una ocasión había intentado enseñarme a mí también, mi atención estaba dirigida a otras cosas, y yo no podía más que sacar algunas melodías con un solo dedo. Ahora, temía averiguar si mi mamá podría hacer lo mismo que yo. Pero Ruthy lo había averiguado no hacía mucho y le deleitaba que mi madre hiciera sonar aquel piano draculezco.
Cierta mañana se me ocurrió dirigirme de frente a la sala del comedor, y me vi tentada a sacar la melodía del himno favorito de mamá, que ahora ella también tocaba con un solo dedo. No pasó mucho rato, y Ruthy se hizo presente en su silla de ruedas, pues se adelantó a mamá que entonces ya podía manejar su propia silla, aunque con cierta dificultad. Poco después llegó mamá, y habiendo yo perdido el miedo por completo, me puse a cantar en voz baja la letra de aquel himno, y ellas dos me acompañaban con sonidos desarticulados y muecas que reflejaban felicidad:
Jesús me ama, bien lo sé,
en la Biblia dice así.
Niños pueden ir a él,
pues es nuestro amigo fiel.
* * *
Ruthy había descubierto que ella también sabía aquella pequeña canción infantil. En algún lugar, en su infancia, la había aprendido, y la melodía sacó de su alma la letra largo tiempo olvidada. Su emoción era muy grande al saber que nosotras tres podíamos cantar la misma canción.
Un breve silencio siguió a la canción. Me di vuelta y vi a Ruthy sosteniendo tiernamente la mano de mi mamá, y las lágrimas empapaban el ronriente rostro de ambas. En lo que respecta a mamá, era la primera sonrisa significativa que yo había captado en ella en semanas. Al verme a mí también derramar lágrimas de alegría, Ruthy volvió a expresar aquella única palabra suya, que expresaba todo, pero sobre todo, resignación y aprobación (sí, pues):
Sips. . . Sips. . .
Desde ese día mamá y yo decidimos que aquel lugar al lado del piano sería también nuestro santuario, toda vez que la visitaba el pastor de la iglesia a la cual ella había asistido por muchos años. Cada vez que en aquella iglesia celebraban la Santa Cena el domingo, en los días siguientes el pastor se dedicaba a visitar a los enfermos para llevarles el pan y el vino a sus casas y a sus camas. Ellos mismos lo esperaban con ansiedad porque estaban convencidos que eso les daba no sólo una renovación espiritual, sino también física. Y cuando él dejaba de hacer esto, gran ansiedad se difundía en aquellos enfermos desolados que le esperaban en vano.
Eso ocurrió en cierta ocasión a mi madre, y a mí misma, porque a pesar de mi labor pastoral en el consultorio espiritual de mi iglesia local, yo no estaba autorizada para ministrarle la Santa Cena, por mi condición de mujer. Ya tú sabes. . .
* * *
Cierta mañana, junto al piano, el pastor empezó a ministrar a mi madre y a mí, cuando se hizo visible afuera en el pasadizo la cabecita de Ruthy, que atraída por su curiosidad se esforzaba por acomodar su silla de ruedas lo más cerca posible del ventanal del comedor. Yo miré a los ojos del pastor, y al auscultar su espíritu dispuesto, me dirigí a la puerta de la sala y le pregunté a Ruthy:
Quienes entrar? Quisieras unirte a nosotros en la Santa Cena?
En ese momento sopesaba la compasión, el sostén y el amor que se ofrecía, yo a mi madre, y Ruthy a mí, y ambas, mi madre y Ruthy, a mí. Y el pastor, que pudo captar todo aquel despliegue de compasión mutua, prosiguió diciendo:
Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es dado. Haced esto en memoria de mí. . .
Ruthy abrió su boca en espera del pan santo, y el pastor lo colocó sobre su lengua. Luego prosiguió:
Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama. . .
Y Ruth expresó con alegría:
Sips. . . Sips. . .
* * *
Un año después mamá sufrió otro ataque cerebral, y pocos días después tuvo lugar el terremoto, justo después de que yo había abandonado el lugar de estacionamiento de la Clínica Hogar y me dirigía a casa. Una vez en casa encendí una radio portátil, y en todos los puntos del dial se referían al terremoto. Y no pasó mucho rato cuanto sonó el teléfono. Una voz entrecortada dijo:
Su madre ha sido herida cuando a causa del terremoto la ventana fue destrozada y los fragmentos de vidrio volaban por todo el cuarto. Podría venir a ayudarnos a atenderla?
Volví rápidamente a la Clínica Hogar, esquivando algunos árboles caídos que bloqueaban mi ruta, y pude encontrar un lugar donde estacionar al lado de las ambulancias y los camiones de bomberos que habían precedido mi llegada. Mucha basura de ramas y vidrios rotos estaban diseminados por todo el jardín. La Clínica Hogar se había convertido en un laberinto sofocante. Los sollozos se mezclaban con los sonidos de los fragmentos de vidrio que crujían bajo mis pies, y muchas sillas de ruedas con sus ocupantes asustadísimos obstruían mi avance hacia mamá y hacia Ruthy. Las instrucciones de las enfermeras sólo profundizaban mi pánico.
* * *
Entré bruscamente al cuarto de mamá, y encontré a una enfermera administrándole los primeros auxilios. La temblorosa joven estaba esforzándose por desenredar un porfiado rollo de cinta adhesiva, pero en su nerviosismo se estaba maniatando a sí misma.
Puedo ayudar? Pregunté.
La joven me miró acongojada y comentó bajando la cabeza:
El sismo nos sorprendió con poco personal esta noche. Por eso requerimos de su ayuda.
Vine para ayudarles lo más pronto que pude.
Mamá expresaba una tonta calma. Numerosos cortes pequeños sangraban persistentemente sobre su piel, brazos y piernas, y Ruthy estaba sentada al lado de su cama, aplicando presión sobre una gran herida que mamá tenía en su brazo, hasta que la enfermera pudiera conseguir un pedazo de gasa y cinta adhesiva.
Sostén esta gasa en su lugar. . . Le pidió la enfermera a Ruthy.
Luego, las dos se esforzaron por sostener la gasa con cinta adhesiva. En medio de aquellos ajetreos, Ruthy había vuelto a recordar los días cuando prestaba servicio como enfermera en un internado, y no pudo disimular una leve sonrisa de satisfacción mientras se esforzaba por expresar en tono serio:
Sips. . . Sips. . .
* * *
Con el paso del tiempo, la Clínica Hogar recuperó alguna semblanza de normalidad, y mamá, Ruthy y yo volvimos a nuestras sesiones de música junto al viejo piano en el comedor. Ellas se habían propuesto generar gozo entre todos los internos de aquel piso, mientras olvidaban gradualmente las horribles pesadillas del terremoto.
Las sesiones musicales atraían a todas las internas y siguieron varios meses hasta que mamá se puso demasiado débil como para salir de su cuarto o para dejar su cama. Entonces Ruthy se sentaba en su silla de ruedas junto a la puerta de su cuarto y la esperaba, la esperaba largo rato, como si acaso pudiera haber indicios de que se dispusiese a salir.
Ruthy suspiraba, como presintiendo que acaso mamá no volvería a bajar de su cama ni a traspasar el dintel de su habitación, rumbo al pasadizo y al piano. Suspiraba hondo, como pensando y sintiendo el peso de emotividad de las palabras de Ruth a su suegra Noemí, en la Biblia: “Porque a dondequiera que tú vayas, yo iré; y dondequiera que tu vivas, yo viviré.”
* * *
A mediados de septiembre mi madre partió a su hogar celestial. Aquella clara tarde de otoño un haz de luz solar iluminaba los hombros de Ruthy y su cabeza inclinada hacia la ventana de su habitación. Entré silenciosamente, y para no asustarla le hablé de inmediato:
Ruthy, vine a decirte que. . .
Ella levantó su cabeza y estiró su mano para atraerme a sí. Entonces recibí un delicado beso y su frágil brazo rodeó mi cuello, y acercó mi cabeza hacia ella. Juntas lloramos mucho, hasta que pude terminar lo que tanto había ensayado decir:
que pongas esto entre tus frutillas.
Lo único que había quedado de mamá Noemí cuando la sacamos de la Clínica Hogar para llevarla al velatorio fue una hermosa rosa de seda. Se había quedado en el cuarto porque nadie la había notado colgada de un clavo detrás de la puerta. Y después de un suspiro profundo logré decirle algo más:
Es un recuerdo de lo mucho que ella te amó.
* * *
Después de la muerte de mamá seguí visitando la Clínica Hogar exactamente como antes, y el año siguiente, cincuenta días después del Domingo de Resurrección, Ruthy también murió. La enfermera que la atendía me llamó de noche, y antes de ir al velatorio que estaba no muy lejos de la Clínica Hogar, acudí de inmediato para ver su cuarto por última vez, pensando que quizás podría encontrar la rosa de seda de mamá Noemí y de Ruthy, que yo pudiera conservar.
Esta tarde ella estaba bien. . . Dijo la enfermera, mientras me acompañaba a su cuarto, que encontramos abierto de par en par y semi vacío, listo para que se lo aseara en la primera hora al día siguiente.
Estaba feliz. Parecía cantar. . . como siempre solía. . .
* * *
No encontramos absolutamente nada que pudiera llevar como recuerdo de Ruthy y de mamá Noemí. Ya no estaban las fotos en la pared, ni las frutillas de artesanía, ni su colcha, ni su almohadón bordado con frutillas, ni su colchón, ni su silla de ruedas.
Abrí el cajoncito de su velador, y tampoco encontré ni la rosa de seda, ni alguna de las frutillas que pudiera atesorar. Estaba a punto de cerrar para siempre aquel cajoncito, cuando un papelito se hizo visible, pegado a la tabla del lado frontal del cajoncito, sostenido en pie a causa de estar algo metido en la unión de la tabla del fondo.
La enfermera me había dejado en aquel cuarto, a solas con mis recuerdos, cuando vi aquella estampita del Sagrado Corazón que Ruthy metiera a mis ojos aquella mañana que fui a visitar a mi madre en su nuevo hogar. La tomé en mis manos, la miré fijamente hasta que mis ojos se ofuscaron con las lágrimas y no pude ver más. Entonces la guardé en mi cartera y me dirigí a la entrada principal del edificio. Allí me esperaba la enfermera, quien me besó y me acompañó a la salida.
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